Etam vital
(Tribuna Universitaria, 24abr07)
El mundo no se mueve por el impulso residual de una explosión originaria. No se expande a una velocidad deponente, ni existe la posibilidad de que comience a contraerse sobre sí mismo como una pelota de tenis húmeda hasta provocar la terrible asfixia de todos los astros, astrolabios y astrágalos que lo componen de manera más o menos armoniosa.
El mundo no se mueve tampoco por el designio caprichoso de un ser omnipotente. No gira sobre su propio eje en la dirección este-oeste, no se sitúa a los lomos de ninguna tortuga, y por supuesto no tiene nada que ver con los extraterrestres. Todas las teorías que habían desarrollado los científicos estaban equivocadas.
La única verdad es que el universo entero depende de tu ropa interior: la presión de tu índice sobre la cadera, deslizando las braguitas hacia la nada, produce todos los bienes situados entre las fotografías y los terremotos. La línea que transcurre entre tus hombros y el límite del bronceado es justo en el lugar donde comienzan, a la vez, las películas y las estaciones de tren, los atardeceres en los que se suicidan los héroes y las marabuntas. Los principios y los finales felices.
Y luego, del movimiento depende el movimiento, así que de unos a otros, de finales a principios, la realidad se mueve entre copas. Entre copas, tirantes y aros, que el movimiento del mundo se despacha entre pecho y espalda. Porque la mano en lo más profundo de tu encaje sería la mano que mece la cuna que sería la mano que domina el mundo si no fuera porque tantas curvas llevan a la locura, así que todos los dirigentes occidentales tienen un buen sujetador en sus cefaleas.
Estas convicciones han hecho que haya dejado hace tiempo de mirar al cielo cuando tengo problemas. Porque se equivocaban todos los que dijeron que en el principio éramos seres desnudos, creo en el algodón que tu corazón elige para que cuidara sus alrededores o en el látex en que descansa el pubis tu cintura. Creo que Darwin mentía, que Bergson estuvo cerca, pero que fueron otros franceses los que dieron en la diana: que Dios se llama Etam y duerme en los cajones de tu armario.
El mundo no se mueve tampoco por el designio caprichoso de un ser omnipotente. No gira sobre su propio eje en la dirección este-oeste, no se sitúa a los lomos de ninguna tortuga, y por supuesto no tiene nada que ver con los extraterrestres. Todas las teorías que habían desarrollado los científicos estaban equivocadas.
La única verdad es que el universo entero depende de tu ropa interior: la presión de tu índice sobre la cadera, deslizando las braguitas hacia la nada, produce todos los bienes situados entre las fotografías y los terremotos. La línea que transcurre entre tus hombros y el límite del bronceado es justo en el lugar donde comienzan, a la vez, las películas y las estaciones de tren, los atardeceres en los que se suicidan los héroes y las marabuntas. Los principios y los finales felices.
Y luego, del movimiento depende el movimiento, así que de unos a otros, de finales a principios, la realidad se mueve entre copas. Entre copas, tirantes y aros, que el movimiento del mundo se despacha entre pecho y espalda. Porque la mano en lo más profundo de tu encaje sería la mano que mece la cuna que sería la mano que domina el mundo si no fuera porque tantas curvas llevan a la locura, así que todos los dirigentes occidentales tienen un buen sujetador en sus cefaleas.
Estas convicciones han hecho que haya dejado hace tiempo de mirar al cielo cuando tengo problemas. Porque se equivocaban todos los que dijeron que en el principio éramos seres desnudos, creo en el algodón que tu corazón elige para que cuidara sus alrededores o en el látex en que descansa el pubis tu cintura. Creo que Darwin mentía, que Bergson estuvo cerca, pero que fueron otros franceses los que dieron en la diana: que Dios se llama Etam y duerme en los cajones de tu armario.
Escrito por el_hombre_que a las 21:09
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